Tener Fe

Tener fe es “ACEPTAR” lo que Dios permite en nuestra vida aunque no lo entendamos, aunque no nos guste. Si tuviéramos la capacidad de ver el fin desde el principio tal como Él lo ve, entonces podríamos saber por qué a veces conduce nuestra vida por sendas extrañas y contrarias a nuestra razón y a nuestros deseos. Tener fe es “DAR” cuando no tenemos, cuando nosotros mismos necesitamos. La fe siempre saca algo valioso de lo aparentemente inexistente; puede hacer que brille el tesoro de la generosidad en medio de la pobreza y el desamparo, llenando de gratitud tanto al que recibe, como al que da.

Tener fe es “CREER” en lugar de recurrir a la duda, que es lo más fácil. Si la llama de la confianza se extingue, entonces ya no queda más remedio que entregarse al desánimo. Para muchos creer en nuestras bondades, posibilidades y talentos, tanto como en los de nuestros semejantes, es la energía que mueve la vida hacia grandes derroteros. Pero todavía hay una forma mas elevada de creer. Saber que nuestra vida está en las manos de Dios y que Él es quien cuida de nosotros.

 Tener fe es “LEVANTARSE” cuando se ha caído. Los reveses y fracasos en cualquier área de la vida nos entristecen, pero es más triste quedarse lamentándose en el frío suelo de la autocompasión, atrapado por la frustración y la amargura.  Tener fe es “ARRIESGAR” todo a cambio de un sueño, de un amor, de un ideal. Nada de lo que merece la pena en esta vida puede lograrse sin esa dosis de sacrificio que implica desprenderse de algo o de alguien, a fin de adquirir eso que mejore nuestro propio mundo y el de los demás.

Tener fe es “CONFIAR” pero confiar no sólo en las cosas y en las personas, sino en el Dios que obra, actúa y habla a través de las personas. Muchos confían en lo material, pero viven relaciones huecas con sus semejantes. Cierto que siempre habrá gente que lastime y traicione tu confianza, así que lo que tienes que hacer es seguir confiando y sólo ser más cuidadoso con aquel en quien confías dos veces.

Tener fe es “BUSCAR” lo imposible: sonreír cuando tus días se encuentran nublados y tus ojos se han secado de tanto llorar.  Tener fe es “GUIAR, DIRIGIR” nuestra vida, pero no con la vista, sino con el corazón. Tener fe es “VER” positivamente hacia adelante, no importa cuán incierto parezca el futuro o cuán doloroso el pasado.

Tener fe es “ANDAR” por los caminos de la vida de la misma forma en que lo hace un niño. Tomados de la mano de nuestro padre. Tener fe es dejar nuestros problemas en manos de DIOS y arrojarnos a sus brazos antes que al abismo de la desesperación. Fe es descansar en Él para que nos cargue, en vez de cargar nosotros nuestra propia colección de problemas.

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Fiesta Patronal 2014

Promocional de la Fiesta Patronal de la Parroquia de San Pedro Apostol 2014…

Si sientes el llamado…

Capitulo I: “Al pie de la cruz”

Por Anna Katharina Emmerich, religiosa agustina estigmatizada

La Última Cena de Nuestro Señor Jesucristo

1.- Ayer tarde fue cuando tuvo lugar la última gran comida del Señor y sus amigos,  en  casa  de  Simón  el  Leproso,  en  Betania,  en  donde  María Magdalena  derramó  por  la  última  vez  los  perfumes  sobre  Jesús.  Los discípulos habían preguntado ya a Jesús dónde quería celebrar la Pascua. Hoy, antes de amanecer, llamó el Señor a Padro, a Santiago y a Juan: les habló mucho de todo lo que debían preparar y ordenar en Jerusalén, y les dijo que cuando subieran al monte de Sión, encontrarían al hombre con el cántaro  de agua.  Ellos conocían  ya  a  este  hombre,  pues  en la  última Pascua, en Bethania, él había preparado la comida de Jesús: por eso San Mateo dice:  cierto hombre.  Debían seguirle hasta su casa y decirle:  “El Maestro os manda decir que su tiempo se acerca, y que quiere celebrar la Pascua en vuestra casa”.  Después debían ser conducidos al  Cenáculo, y ejecutar todas las disposiciones necesarias. Yo vi los dos Apóstoles subir a Jerusalén; y encontraron al principio de una pequeña subida, cerca de una  casa  vieja  con muchos  patios,  al  hombre  que  el  Señor  les  había designado: le siguieron y le dijeron lo que Jesús les había mandado. Se alegró mucho de esta noticia,  y les respondió que la comida estaba ya dispuesta en su casa (probablemente por Nicodemus); que no sabía para quién, y que se alegraba de saber  que era para Jesús. Este hombre era Helí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa el año anterior había Jesús anunciado la muerte de Juan Bautista. Iba todos los años a la fiesta de la Pascua con sus criados, alquilaba una sala,  y preparaba la Pascua para las personas que no tenían hospedaje en la ciudad. Ese año había
alquilado un Cenáculo que pertenecía a Nicodemus y a José de Arimatea.  Enseñó a los dos Apóstoles su posición y su distribución interior.

2.- Sobre el lado meridional  de la montaña de Sión, se halla una antigua y sólida casa,  entre  dos filas  de árboles  copudos, en medio de un patio espacioso cercado de buenas paredes. Al lado izquierdo de la entrada se ven otras habitaciones contiguas a la pared; a la derecha, la habitación del mayordomo, y al lado, la que la Virgen y las santas mujeres ocuparon con más frecuencia después de la muerte de Jesús. El Cenáculo, antiguamente más  espacioso,  había  servido  entonces  de  habitación  a  los  audaces capitanes de David: en él se ejercitaban en manejar las armas. Antes de la fundación del  templo, el  Arca de la Alianza había sido depositada allí  bastante  tiempo,  y  aún  hay vestigios  de  su  permanencia  en  un  lugar  subterráneo. Yo he visto también al profeta Malaquías escondido debajo de  las  mismas  bóvedas;  allí  escribió  sus  profecías  sobre  el  Santísimo Sacramento y el sacrificio de la Nueva Alianza. Cuando una gran parte de Jerusalén fue destruida por los babilonios, esta casa fue respetada: he visto otras muchas  cosas de ella;  pero no tengo presente más que lo que he contado.  Este  edificio  estaba  en  muy  mal  estado  cuando  vino  a  ser propiedad  de  Nicodemus  y de  José  de  Arimatea:  habían  dispuesto el cuerpo  principal  muy  cómodamente  y  lo  alquilaban  para  servir  de Cenáculo a los extranjeros, que la Pascua atraía a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua. El Cenáculo, propiamente, está casi en medio del patio; es cuadrilongo.

3.- rodeado  de  columnas  poco  elevadas.  Al  entrar,  se  halla  primero  un vestíbulo,  adonde  conducen  tres  puertas;  después  de  entra  en  la  sala interior, en cuyo techo hay colgadas muchas lámparas; las paredes están adornadas,  para la fiesta,  hasta media altura,  de hermosos tapices y de colgaduras. La parte posterior de la sala está separada del resto por una cortina. Esta división en tres partes da al Cenáculo cierta similitud con el templo. En la última parte están dispuestos, a derecha e izquierda,  los vestidos necesarios para la celebración de la fiesta. En el medio hay una especie  de  altar;  en  esta  parte  de  la  sala  están   aciendo  grandes preparativos para la comida pascual.  En el  nicho de la pared hay tres armarios de diversos colores, que se vuelven como nuestros tabernáculos para abrirlos y cerrarlos; vi toda clase de vasos para la Pascua; más tarde, el Santísimo Sacramento reposó allí. En las salas laterales del Cenáculo hay camas en donde se puede pasar la noche. Debajo de todo el edificio hay bodegas  hermosas.  El Arca de la Alianza fue depositada en algún tiempo bajo el  sitio donde se ha construido el hogar.  Yo he visto allí  a Jesús curar y enseñar; los discípulos también pasaban con frecuencia las noches en las laterales.

4.- Vi  a Pedro y a Juan en Jerusalén entrar  en una casa  que pertenecía a Serafia (tal  era el  nombre de la que después fue llamada Verónica).  Su marido, miembro del Consejo, estaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa atareado con sus negocios; y aun cuando estaba en casa,  ella lo veía poco. Era una mujer de la edad de María Santísima, y que estaba en relaciones con la Sagrada Familia desde mucho tiempo antes: pues cuando el niño se quedó en el templo después de la fiesta, ella le dio de comer.
Los dos apóstoles tomaron allí, entre otras cosas, el cáliz de que se sirvió el  Señor para la institución de la Sagrada Eucaristía.  El  cáliz  que los apóstoles  llevaron  de  la  casa  de  Verónica,  es  un  vaso  maravilloso  y misterioso. Había estado mucho tiempo en el templo entre otros objetos preciosos  y de gran antigüedad,  cuyo  origen y uso se  había olvidado.
Había sido vendido a un aficionado de antigüedades.  Y comprado por Serafia había servido ya muchas veces a Jesús para la celebración de las  fiestas,  y desde ese día fue propiedad constante de la santa comunidad cristiana. El gran cáliz estaba puesto en una azafata, y alrededor había seis copas. Dentro de él había otro vaso pequeño, y encima un plato con una tapadera redonda. En su pie estaba embutida una cuchara, que se sacaba con facilidad. El gran cáliz se ha quedado en la iglesia de Jerusalén, cerca de  Santiago  el  Menor,  y  lo  veo  todavía  conservado  en  esta  villa: ¡aparecerá  a la luz como ha aparecido esta vez!  Otras  iglesias  se  han repartido las copas que lo rodeaban; una de ellas está en Antioquía; otra en Efeso:  pertenecían a los Patriarcas,  que bebían en ellas  una bebida misteriosa cuando recibían y daban la bendición, como lo he visto muchas vees.  El  gran  cáliz  estaba  en  casa  de Abraham:  Melquisedec  lo trajo consigo del país de Semíramis a la tierra de Canaán cuando comenzó a fundar  algunos  establecimientos  en  el  mismo  sitio  donde  se  edificó después Jerusalén: él  lo usó en el  sacrificio, cuando ofreció el  pan y el
vino en presencia de Abraham, y se lo dejó a este Patriarca.

5.- Por la mañana,  mientras los dos Apóstoles se ocupaban en Jerusalén en hacer  los  preparativos  de  la  Pascua,  Jesús,  que  se  había  quedado  en Bethania, hizo una despedida tierna a las santas mujeres, a Lázaro y a su Madre, y les dio algunas instrucciones. Yo vi al Señor hablar solo con su Madre; le dijo, entre otras cosas, que había enviado a Pedro, el Apóstol de la fe, y a Juan, el Apóstol del amor, para preparar la Pascua en Jerusalén.

6.- Dijo que María Magdalena, cuyo dolor era muy violento, que su amor era grande, pero que todavía era un poco según la carne, y que por ese motivo el dolor la ponía fuera de sí. Habló también del proyecto de Judas, y la Virgen Santísima rogó por él.  Judas  había ido otra vez de Bethania a Jerusalén con pretexto de hacer un pago. Corrió todo el día a casa de los fariseos,  y  arregló  la  venta  con  ellos.  Le  enseñaron  los  soldados encargados de prender al Salvador. Calculó sus idas y venidas de modo que pudiera explicar su ausencia. Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y  servicial;  pero  lleno  de  avaricia,  de  ambición  y  de  envidia,  y  no combatía estas pasiones. Había hecho milagros y curaba enfermos en la ausencia  de Jesús.  Cuando el  Señor anunció a la Virgen lo que iba a suceder, Ella le pidió de la manera más tierna que la dejase morir con Él. Pero Él le recomendó que tuviera más resignación que las otras mujeres; le dijo también que resucitaría,  y el sitio donde se le aparecería. Ella no lloró mucho, pero estaba prel camino no cesaba de instruirlos. Dijo a los Apóstoles, entre otras cosas, que hasta entonces les había dado su pan y su vino, pero que hoy quería darles su carne y su sangre, y que les dejaría todo lo que tenía. Decía esto el Señor con una expresión tan dulce en su ara, que su alma parecía salirse por todas partes, y que se deshacía en amor,  esperando el  momento de darse a los hombres. Sus discípulos no lo comprendieron: creyeron que hablaba del cordero pascual. No se puede expresar todo el amor y toda la resignación  que  encierran  los  últimos  discursos  que  pronunció  en Bethania y aquí. Cuando Pedro y Juan vinieron al Cenáculo con el cáliz, todos los vestidos de la ceremonia estaban ya en el vestíbulo. En seguida se fueron al valle de Josafat y llamaron al Señor y a los nueve Apóstoles. Los discípulos y los amigos que debían celebrar la Pascua en el Cenáculo vinieron después.

7.- Jesús y los suyos comieron el cordero pascual en el Cenáculo, divididos en  tres  grupos:  el  Salvador  con  los  doce  Apóstoles  en  la  sala  del  Cenáculo; Natanael con otros doce discípulos en una de las salas laterales; otros doce tenían a su cabeza a Eliazim, hijo de Cleofás y de María, hija de Helí: había sido discípulo de San Juan Bautista. Se mataron para ellos tres  corderos  en  el  templo.  Había  allí  un  cuarto  cordero,  que  fue sacrificado en el Cenáculo: éste es el que comió Jesús con los Apóstoles. Judas ignoraba esta circunstancia; continuamente ocupado en su trama, no había vuelto cuando el sacrificio del cordero; vino pocos instantes antes de la comida. El sacrificio del cordero destinado a Jesús y a los Apóstoles fue muy tierno; se hizo en el vestíbulo del Cenáculo. Los Apóstoles y los discípulos estaban allí  cantando el  salmo CXVIII.  Jesús  habló de una nueva  época  que comenzaba.  Dijo que los  sacrificios  de Moisés  y la figura del Cordero pascual iban a cumplirse; pero que, por esta razón, el cordero debía ser sacrificado como antiguamente en Egipto, y que iban a salir  verdaderamente  de  la  casa  de  servidumbre.  Los  vasos  y  los nstrumentos  necesarios  fueron  preparados.  Trajeron  un  cordero pequeñito,  adornado  con  una  corona,  que  fue  enviada  a  la  Virgen Santísima al sitio donde estaba con las santas mujeres. El cordero estaba atado, con la espalda sobre una tabla, por el medio del cuerpo: me recordó a Jesús atado a la columna y azotado. El hijo de Simeón tenía la cabeza del cordero. El Señor lo picó con la punta de un cuchillo en el cuello, y el  hijo de Simeón acabó  de matarlo.  Jesús  parecía  tener  repugnancia  de herirlo: lo hizo rápidamente, pero con gravedad; la sangre fue recogida en un  baño,  y trajéronle  un ramo  de  hisopo  que  mojó  en  la  sangre.  En seguida fue a la puerta de la sala,  tiñó de sangre los dos pilares  y la cerradura,  y fijó sobre la puerta el ramo teñido de sangre.  Después hizo una  instrucción,  y  dijo,  entre  otras  cosas,  que  el  ángel  exterminadorofundamente triste. El Señor le dio las gracias, como un hijo piadoso, por todo el amor que le tenía. Se despidió otra vez de  todos,  dando  todavía  diversas  instrucciones.  Jesús  y  los  nueve Apóstoles salieron a las doce de Bethania para Jerusalén; anduvieron al pie del monte de los Olivos, en el valle de Josafat y hasta el Calvario. En pasaría más lejos; que debían adorar en ese sitio sin temor y sin inquietud cuando Él fuera sacrificado, a Él  mismo, el verdadero Cordero pascual; que  un  nuevo  tiempo  y  un  nuevo  sacrificio  iban  a  comenzar,  y  que durarían hasta el fin del mundo. Después se fueron a la extremidad de la sala,  cerca del  hogar  donde había estado en otro tiempo el  Arca de la Alianza.  Jesús vertió la sangre sobre el  hogar,  y lo consagró como un altar; seguido de sus Apóstoles, dio la vuelta al Cenáculo y lo consagró como un nuevo templo. Todas las puertas estaban cerradas mientras tanto.
El hijo de Simeón había ya preparado el cordero. Lo puso en una tabla: las patas de adelante estaban atadas a un palo puesto al  revés; las de atrás estaban extendidas a lo largo de la tabla. Se parecía a Jesús sobre la cruz, y fue metido en el horno para ser asado con los otros tres corderos traídos del templo. Los convidados se pusieron los vestidos de viaje que estaban en el vestíbulo, otros zapatos, un vestido blanco parecido a una camisa, y una capa más corta de adelante que de atrás; se arremangaron los vestidos
hasta la cintura; tenían también unas mangas anchas arremangadas. Cada grupo fue a la mesa que le estaba reservada:  los discípulos en las salas laterales,  el  Señor con los Apóstoles en la del  Cenáculo. Según puedo acordarme,  a  la  derecha  de  Jesús  estaban  Juan,  Santiago  el  Mayor  y Santiago  el  Menor;  al  extremo de la  mesa,  Bartolomé;  y a la  vuelta,  Tomás y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo; al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe.
Después  de la oración,  el  mayordomo puso delante de Jesús,  sobre la mesa,  el  cuchillo para cortar  el  cordero,  una copa de vino delante del Señor, y llenó seis copas, que estaban cada una entre dos Apóstoles. Jesús bendijo el vino y lo bebió; los Apóstoles bebían dos en la misma copa. El Señor partió el  cordero;  los Apóstoles presentaron cada uno su pan,  y recibieron su parte. La comieron muy de prisa, con ajos y yerbas verdes que mojaban en la salsa. Todo esto lo hicieron de pie, apoyándose sólo un poco sobre el respaldo de su silla. Jesús rompió uno de los panes ácimos, guardó una parte, y distribuyó la otra. Trajeron otra copa de vino; y Jesús decía:  “Tomad este vino hasta que venga el reino de Dios”. Después de comer,  cantaron; Jesús rezó o enseñó, y habiéndose lavado otra vez las manos, se sentaron en las sillas. Al principio estuvo muy afectuoso con sus Apóstoles; después se puso serio y melancólico, y les dijo: “Uno de vosotros me venderá;  uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta mesa”. Había sólo un plato de lechuga; Jesús la repartía a los que estaban a su lado, y encargó a Judas, sentado en frente, que la distribuyera por su lado.  Cuando Jesús habló de un traidor,  cosa que espantó a todos los Apóstoles, dijo: “Un hombre cuya mano está en la misma mesa o en el  mismo plato que la mía”, lo que significa: “Uno de los doce que comen y beben  conmigo;  uno  de  los  que  participan  de  mi  pan”.  No  designó  claramente a Judas a los otros, pues meter la mano en el mismo plato era
una expresión que indicaba la mayor intimidad. Sin embargo, quería darle un aviso, pues, que metía la mano en el mismo plato que el Señor para repartir  lechuga.  Jesús  añadió:  “El  hijo del  hombre  se  va,  según  esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido”. Los Apóstoles, agitados, le preguntaban cada uno: “Señor, ¿soy yo?”, pues todos sabían que no comprendían del todo estas palabras. Pedro se recostó sobre Juan por detrás de Jesús, y por señas le dijo que preguntara al Señor quién era,  pues habiendo recibido algunas  reconvenciones  de  Jesús,  tenía  miedo  que  le  hubiera  querido designar.  Juan estaba a la derecha de Jesús, y,  como todos, apoyándose sobre el  brazo izquierdo, comía con la mano derecha:  su cabeza estaba cerca del  pecho de Jesús. Se recostó sobre su seno, y le dijo:  “Señor,  ¿quién es?”. Entonces tuvo aviso que quería designar a Judas. Yo no vi que

8.- Jesús  se  lo dijera con los labios:  “Este  a quien le doy el  pan que he mojado”. Yo no sé si se lo dijo bajo; pero Juan lo supo cuando el Señor mojó el  pedazo de pan con la lechuga,  y lo presentó afectuosamente a Judas, que preguntó también: “Señor, ¿soy yo?”. Jesús lo miró con amor y le dio una respuesta en términos generales. Era para los judíos una prueba de amistad y de confianza.  Jesús lo hizo con una afección cordial,  para avisar a Judas, sin denunciarlo a los otros; pero éste estaba interiormente lleno de rabia. Yo vi, durante la comida, una figura horrenda,  sentada a sus pies, y que subía algunas veces hasta su corazón. Yo no vi que Juan dijera a Pedro lo que le había dicho Jesús; pero lo tranquilizó con los ojos.

9.- Se  levantaron  de  la  mesa,  y  mientras  arreglaban  sus  vestidos,  según costumbre,  para el oficio solemne,  el mayordomo entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió que trajera agua al vestíbulo, y salió de la sala con sus criados. De pie en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No puedo decir con exactitud el contenido de su discurso. Me acuerdo que habló de su reino, de su vuelta hacia su Padre, de  lo  que  les  dejaría  al  separarse  de  ellos.  Enseñó  también  sobre  la penitencia, la confesión de las culpas, el arrepentimiento y la justificación. Yo comprendí que esta instrucción se refería al lavatorio de los pies; vi también  que  todos  reconocían  sus  pecados  y  se  arrepentían,  excepto Judas. Este discurso fue largo y solemne. Al acabar Jesús, envió a Juan y a Santiago el Menor a buscar agua al vestíbulo, y dijo a los Apóstoles que arreglaran las sillas en semicírculo. Él se fue al vestíbulo, y se puso y ciñó una toalla alrededor del  cuerpo. Mientras tanto, los Apóstoles se decían algunas  palabras,  y se preguntaban entre sí  cuál  sería el  primero entre ellos; pues el Señor les había anunciado expresamente que iba a dejarlos y que su reino estaba próximo; y se fortificaban más en la opinión de que el Señor tenía un pensamiento secreto,  y que quería hablar  de un triunfo terrestre  que  estallaría  en  el  último  momento.  Estando  Jesús  en  el vestíbulo, mandó a Juan que llevara un baño y a Santiago un cántaro lleno de agua; en seguida fueron detrás de él a la sala en donde el mayordomo había  puesto otro baño vacío.  Entró Jesús  de un modo muy humilde, reprochando a los Apóstoles con algunas palabras la disputa que se había suscitado entre  ellos:  les  dijo,  entre otras  cosas,  que Él mismo era  su servidor; que debían sentarse para que les lavara los pies. Se sentaron en el mismo orden en que estaban en la mesa. Jesús iba del uno al otro, y les echaba sobre los pies agua del baño que llevaba Juan; con la extremidad de la toalla que lo ceñía, los limpiaba; estaba lleno de afección mientras hacía este acto de humildad. Cuando llegó a Pedro, éste quiso detenerlo por humildad,  y le dijo: “Señor,  ¿Vos  lavarme los pies?”.  El  Señor le respondió: “Tú no sabes ahora lo que hago, pero lo sabrás mas tarde”. Me pareció  que le decía  aparte:  “Simón,  has  merecido saber  de mi  Padre quién soy yo,  de dónde vengo y adónde voy;  tú solo lo has confesado expresamente,  y por eso edificaré sorbe ti  mi  Iglesia,  y las puertas del  infierno  no  prevalecerán  contra  ella.  Mi  fuerza  acompañará  a  tus sucesores  hasta  el  fin  del  mundo”.  Jesús  lo  mostró  a  los  Apóstoles, diciendo: “Cuando yo me vaya, él ocupará mi lugar”. Pedro le dijo: “Vos no me lavaréis jamás los pies”. El Señor le respondió: “Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”. Entonces Pedro añadió: “Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús respondió: “El que  ha  sido  ya  lavado,  no  necesita  lavarse  más  que  los  pies;  está purificado en todo el  resto;  vosotros,  pues,  estáis  purificados,  pero no todos”. Estas palabras se dirigían a Judas. Había hablado del lavatorio de los pies como de una purificación de las culpas diarias, porque los pies, estando sin cesar en contacto con la tierra, se ensucian constantemente si no se tiene una grande vigilancia. Este

10.- lavatorio de los pies fue espiritual,  y como una especie de absolución. Pedro, en medio de su celo, no vio más que una humillación demasiado grande de su Maestro: no sabía que Jesús al día siguiente, para salvarlo, se humillaría hasta la muerte ignominiosa de la cruz. Cuando Jesús lavó los pies a Judas, fue del modo más cordial y más afectuoso: acercó la cara a
sus pies; le dijo en voz baja, que debía entrar en sí mismo; que hacía un año que era traidor e infiel. Judas hacía como que no le oía, y hablaba con Juan.  Pedro se irritó y le dijo:  “Judas,  el  Maestro te habla”.  Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como: “Señor, ¡Dios me libre!”. Los otros no habían advertido que Jesús hablaba con Judas, pues hablaba bastante bajo para que no le oyeran, y además, estaban ocupados en ponerse su calzado. En toda la pasión nada afligió más al Salvador que la traición de Judas.  Jesús lavó también los pies  a Juan y a Santiago. Enseñó sobre la humildad: les  dijo que el  que serví a los otros era el mayor de todos; y que desde entones debían lavarse con humildad los pies los  unos  a  los  otros;  en seguida  se  puso  sus  vestidos.  Los  Apóstoles desataron  los  suyos,  que  los  habían  levantado  para  comer  el  cordero pascual.

11.- Por orden del  Señor,  el  mayordomo puso de nuevo la mesa,  que había lazado un poco: habiéndola puesto en medio de la sala, colocó sobre ella un jarro lleno de agua y otro lleno de vino. Pedro y Juan fueron a buscar  al cáliz que habían traído de la casa de Serafia. Lo trajeron entre los dos como un Tabernáculo, y lo pusieron sobre la mesa delante de Jesús. Había sobre ella una fuente ovalada con tres panes ácimos blancos y delgados; los panes fueron puestos en un paño con el  medio pan que Jesús había guardado de la Cena pascual: había también un vaso de agua y de vino, y tres cajas: la una de aceite espeso, la otra de aceite líquido y la tercera vacía.  Desde tiempo antiguo había la costumbre de repartir el  pan y de beber en el mismo cáliz al fin de la comida; era un signo de fraternidad y de amor que se usaba para dar  la bienvenida o para despedirse.  Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más santo Sacramento: hasta entonces había sido un rito simbólico y figurativo. El Señor estaba entre Pedro y Juan;  las  puertas  estaban  cerradas;  todo  se  hacía  con  misterio  y solemnidad. Cuando el  cáliz fue sacado de su bolsa,  Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando a los otros a decir misa. Sacó del azafate,  en el cual estaban los vasos, una tablita; tomó un paño blanco que cubría el  cáliz,  y lo tendió sobre el  azafate y la tablita.  Luego sacó los panes ácimos del paño que los cubría, y los puso sobre esta tapa; sacó también de dentro del cáliz un vaso más pequeño, y puso a derecha y a izquierda las seis copas de que estaba rodeado. Entonces bendijo el pan y los óleos, según yo creo: elevó con sus dos manos la patena, con los panes, levantó los ojos, rezó, ofreció, puso de nuevo la patena sobre la mesa, y la cubrió. Tomó después  el  cáliz,  hizo que Pedro echara  vino en él  y que Juan echara el agua que había bendecido antes; añadió un poco de agua,  que echó con una cucharita : entonces bendijo el cáliz, lo elevó orando, hizo el ofertorio, y lo puso sobre la mesa. Juan y Pedro le echaron agua sobre las manos. No me acuerdo si este fue el orden exacto de las ceremonias: lo que  sé  es  que  todo  me  recordó  de  un  modo  extraordinario  el  santo sacrificio de la Misa. Jesús se mostraba cada vez más afectuoso; les dijo que les iba a dar todo lo que tenía, es decir, a Sí mismo; y fue como si se hubiera derretido todo en amor. Le volverse transparente; se parecía a una sombra luminosa. Rompió el pan en muchos pedazos, y los puso sobre la patena;  tomó un poco del  primer  pedazo y lo echó en el  cáliz.  Oró y enseñó todavía: todas sus palabras salían de su boca como el fuego de la luz, y entraban en los Apóstoles, excepto en Judas. Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo, que será dado  por  vosotros.  Extendió su  mano  derecha  como para  bendecir,  y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras eran luminosas, y  el  pan  entraba  en  la  boca  de  los  Apóstoles  como  un  cuerpo resplandeciente:  yo los vi  a todos penetrados de luz;  Judas solo estaba tenebroso.  Jesús  presentó primero el  pan a  Pedro,  después  a Juan;  en seguida hizo señas a Judas que se acercara:  éste fue el  tercero a quien presentó  el  Sacramento,  pero  fue  como  si  las  palabras  del  Señor  se apartasen de la boca del traidor, y volviesen a Él. Yo estaba tan agitada,  que no puedo expresar lo que sentía.  Jesús le dijo: “Haz pronto lo que quieres hacer”.

Después dio el Sacramento a los otros Apóstoles. Elevó el cáliz por sus dos asas hasta la altura de su cara, y pronunció las palabras de  la  consagración:  mientras  las  decía,  estaba  transfigurado  y transparente: parecía que pasaba todo entero en lo que les iba a dar. Dio de beber a Pedro y a Juan en el cáliz que tenía en la mano, y lo puso sobre la mesa.  Juan echó la sangre divina del  cáliz en las copas, y Pedro las presentó a los Apóstoles, que bebieron dos a dos en la misma copa. Yo creo, sin estar bien segura de ello, que Judas tuvo también su parte en el cáliz. No volvió a su sitio, sino que salió en seguida del Cenáculo. Los otros creyeron que Jesús le había encargado algo. El Señor echó en un vasito un resto de sangre divina que quedó en el fondo del cáliz; después puso sus dedos en el cáliz, y Pedro y Juan le echaron otra vez agua y vino. Después les dio a beber  de nuevo en el  cáliz,  y el  resto lo echó en las copas y lo distribuyó a los otros Apóstoles. En seguida limpió el  cáliz, metió dentro el  vasito donde estaba el  resto de la sangre divina,  puso encima la patena con el  resto del  pan consagrado, le puso la tapadera, envolvió el cáliz, y lo colocó en medio de las seis copas. Después de la Resurrección,  vi  a  los Apóstoles  comulgar  con el  resto del  Santísimo Sacramento. Había en todo lo que Jesús hizo durante la institución de la Sagrada  Eucaristía,  cierta  regularidad  y  cierta  solemnidad:  sus movimientos a  un lado y a otro estaban llenos de majestad.  Vi  a los Apóstoles anotar alguna cosa en unos pedacitos de pergamino que traían consigo.

12.- Jesús hizo una instrucción particular.  Les  dijo que debían conservar  el cuándo debían comer el resto de las especies consagradas, cuándo debían dar de ellas a la Virgen Santísima, cómo debían consagrar ellos mismos cuando  les  hubiese  enviado  el  Consolador.  Les  habló  después  del sacerdocio, de la unción, de la preparación del crisma, de los santos óleos. Había  tres  cajas:  dos  contenían  una  mezcla  de  aceite  y  de  bálsamo. Enseñó cómo se debía hacer esa mezcla, a qué partes del cuerpo se debía aplicar,  y  en  qué  ocasiones.  Me acuerdo  que  citó  un  caso  en  que  la Sagrada  Eucaristía  no  era  aplicable:  puede  ser  que  fuera  la Extremaunción; mis recuerdos no están fijos sobre ese punto. Habló de diversas  unciones,  sobre todo de las  de los Reyes,  y dijo que aun los Reyes  inicuos  que  estaban  ungidos,  recibían  de  la  unción  una  fuerza particular.  Después  vi  a Jesús ungir  a Pedro y a Juan:  les  impuso las manos sorbe la cabeza y sobre los hombros.  Ellos juntaron las  manos poniendo el dedo pulgar en cruz, y se inclinaron profundamente delante de Él, hasta ponerse casi de rodillas. Les ungió el dedo pulgar y el índice de cada mano, y les hizo una cruz sobre la cabeza con el crisma. Les dijo también que aquello permanecería hasta el  fin del  mundo. Santiago el  Menor,  Andrés, Santiago el  Mayor y Bartolomé recibieron asimismo la consagración. Vi que puso en cruz sobre el pecho de Pedro una especie de estola que llevaba al  cuello, y a los otros se la colocó sobre el hombro derecho. Yo vi que Jesús les comunicaba por esta unción algo esencial y sobrenatural  que no sé explicar.  Les  dijo que en recibiendo el  Espíritu Santo consagrarían el pan y el vino y darían la unción a los Apóstoles. Me fue mostrado aquí que el  día de Pentecostés,  antes  del  gran bautismo, Pedro y Juan impusieron las  anos  a  los otros  Apóstoles,  y ocho días después a muchos discípulos. Juan, después de la Resurrección, presentó por  primera  vez  el  Santísimo Sacramento a la Virgen  Santísima.  Esta circunstancia fue celebrada entre los Apóstoles. La Iglesia no celebra ya esta fiesta; pero la veo celebrar en la Iglesia triunfante.

Los primeros días después de Pentecostés yo vi a Pedro y a Juan consagrar solos la Sagrada Eucaristía:  más  tarde,  los otros hicieron lo mismo.  El Señor consagró también el fuego en una copa de hierro, y tuvieron cuidado de no dejarlo apagar  jamás:  fue conservado al  lado del  sitio donde estaba puesto el Santísimo Sacramento, en una parte del antiguo hornillo pascual, y de allí iban  a  sacarlo  siempre  para  los  usos  espirituales.  Todo  lo  que  hizo entonces  Jesús estuvo muy secreto y fue enseñado sólo en secreto.  La Iglesia ha conservado lo esencial,  extendiéndolo bajo la inspiración del Espíritu Santo para acomodarlo a sus necesidades.  Cuando estas santas ceremonias  se  acabaron,  el  cáliz  que  estaba  al  lado  del  crisma  fue cubierto, y Pedro y Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte mas retirada de la sala, que estaba separada del resto por una cortina, y desde entonces  fue el  santuario.  José de Arimatea  y Nicodemus  cuidaron el  Santísimo  Sacramento  en  memoria  suya  hasta  el  fin  del  mundo;  les enseñó las formas esenciales para hacer uso de él y comunicarlo, y de qué modo debían, por grados, enseñar  y publicar  este misterio. Les  enseñó Santuario  y  el  Cenáculo  en  la  ausencia  de  los  Apóstoles.  Jesús  hizo todavía  una  larga  instrucción,  y  rezó  algunas  veces.  Con  frecuencia parecía conversar con su Padre celestial: estaba lleno de entusiasmo y de amor.  Los  Apóstoles,  llenos  de  gozo  y  de  celo,  le  hacían  diversas preguntas, a las cuales respondía. La mayor parte de todo esto debe estar en la Sagrada Escritura. El Señor dijo a Pedro y a Juan diferentes cosas que  debían  comunicar  después  a  los  otros  Apóstoles,  y  estos  a  los discípulos y a las santas mujeres,  según la capacidad de cada uno para estos conocimientos. Yo he visto siempre así la Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía.  Pero mi  emoción antes  era tan grande,  que mis percepciones  no podían  ser  bien distintas:  ahora  lo he  visto con  más claridad. Se ve el interior de los corazones; se ve el amor y la fidelidad del Salvador: se sabe todo lo que va a suceder. Como sería posible observar exactamente  todo  lo  que  no  es  más  que  exterior,  se  inflama  uno  de gratitud y de amor, no se puede comprender la ceguedad de los hombres, la ingratitud del  mundo entero y sus pecados.  La Pascua de Jesús fue pronta,  y en  todo conforme  a  las  prescripciones  legales.  Los  fariseos añadían algunas observaciones minuciosas.

Viviendo la Cuaresma

Durante este tiempo especial de purificación, contamos con una serie de medios concretos que la Iglesia nos propone y que nos ayudan a vivir la dinámica cuaresmal.

Ante todo, la vida de oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. En la oración, si el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre la oración del Espíritu cooperando a ella con su respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).

Asimismo, también debemos intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al Sacramento de la Reconciliación y la Eucaristía, lo mismo la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno.

La mortificación y la renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el saber renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desapego y desprendimiento.

De entre las distintas prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia, Ia vivencia de Ia caridad ocupa un lugar especial. Así nos lo recuerda San León Magno: “Estos días cuaresmales nos invitan de manera apremiante al ejercicio de Ia caridad; si deseamos Ilegar a la Pascua santificados en nuestro ser, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en si a las demás y cubre multitud de pecados”.

Esta vivencia de la caridad debemos vivirla de manera especial con aquél a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos. Así, vamos construyendo en el otro “el bien más precioso y efectivo, que es el de Ia coherencia con la propia vocación cristiana” (Juan Pablo II).

Cómo vivir la Cuaresma

1. Arrepintiéndome de mis pecados y confesándome.

Pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Éste es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión. Ayúdate de un libro para estructurar tu confesión. Busca el tiempo para llevarla a cabo.

2. Luchando por cambiar.

Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Recuerda no ponerte demasiados porque te va a ser muy difícil cumplirlos todos. Hay que subir las escaleras de un escalón en un escalón, no se puede subir toda de un brinco. Conoce cuál es tu defecto dominante y haz un plan para luchar contra éste. Tu plan debe ser realista, práctico y concreto para poderlo cumplir.

3. Haciendo sacrificios.

La palabra sacrificio viene del latín sacrum-facere, que significa “hacer sagrado”. Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.

4. Haciendo oración.

Aprovecha estos días para orar, para platicar con Dios, para decirle que lo quieres y que quieres estar con Él. Te puedes ayudar de un buen libro de meditación para Cuaresma. Puedes leer en la Biblia pasajes relacionados con la Cuaresma.